miércoles, 13 de abril de 2011

La pulsera mágica

Primero la adoptaron los deportistas. Ahora es el accesorio de moda en las playas top. Cuáles son sus supuestos beneficios. Galería de fans.

De lejos, podría confundirse con un reloj. Pero, en teoría, esta pulsera de silicona que se multiplica en las playas de Punta del Este, Mar del Plata y Pinamar cumple funciones bastante más ambiciosas que la de dar la hora. Con la promesa de brindar “equilibrio, fuerza y flexibilidad” y con el aval de deportistas y celebrities como David Beckham, Cristiano Ronaldo y Robert de Niro, la Power Balance desembarcó en la Argentina y logró que hasta los más escépticos la transformasen en su amuleto. ¿Si de verdad funciona? A pocos les importa. La consigna es sumarse a la tendencia, combinarla con el bronceado furioso y adoptarla, aunque más no sea como “souvenir” de las vacaciones.

Creer o reventar. La cinta verde flúo que brilla sobre la muñeca de Pablo, un habitué de Mar del Plata, no es un precinto para entrar en algún boliche marplatense ni la última pulserita solidaria promocionada por algún futbolista. Se trata de la Power Balance. Un accesorio que según sus fabricantes, contiene un holograma de Mylar (algo similar a los Cds.) “en el que ha sido almacenada una frecuencia procedente de materiales naturales conocidos por sus efectos benéficos”.
“Mis amigos me regalaron la Power Balance para hacer surf, porque ayuda en el agua. No sé si funciona, pero tampoco pierdo nada por usarla”, reflexiona.
Fueron precisamente dos surfers californianos, los hermanos Troy y Josh Rodarmel, quienes crearon la Power Balance en el 2007. En ese entonces, explicaron a una revista deportiva que los hologramas en cuestión liberaban “frecuencias que reaccionan positivamente al campo magnético del cuerpo”. ¿El resultado? “Te proporcionan equilibrio, fuerza y flexibilidad”, aseguran. La falta de asidero científico no importó en su momento: el basquetbolista Shaquille O’Neal la adoptó de inmediato y así fueron “cayendo” otros deportistas como David Beckham y hasta Cristiano Ronaldo, que la combina con su remera del Real Madrid.

De hecho, estos accesorios son furor en España desde mediados del 2010 (también se venden en forma de tarjetas, colgantes y adhesivos) y ya las adoptaron desde la Infanta Elena hasta los integrantes de Gran Hermano. Sin embargo, el ámbito científico no tardó en tildarlo de patraña y hasta el Ministerio de Sanidad español alertó sobre la “publicidad engañosa” del producto. Es que quienes se sumaron al boom de Power Balance (que en Europa se vende a 30 euros) no tardaron en atribuirle “milagros” dignos de una película fantástica: hasta se dijo que curaban el cáncer.

Amuleto posmo. Quizás alertados por lo ocurrido en el exterior, la empresa que lo comercializa en la Argentina a 150 pesos se limita a declarar en su página web que “aunque no es un medicamento ni está avalado científicamente, mejora la respuesta muscular y la función cerebral”. Afirmación fácilmente cuestionable cuando se ve a sus usuarios intentar en público, y sin ningún tipo de amor propio, sostenerse en un pie con los brazos de par en par, para comprobar su efectividad.
Aunque hay que admitir que en verano algunos le dan “franco” a su actividad cerebral, para los especialistas, la adopción de este accesorio no indica, por así decirlo, un descenso masivo en el coeficiente intelectual de la gente. “Estas pulseras cumplen el efecto de un amuleto. Responden al pensamiento mágico que es infantil y precientífico. Está más vinculado con la fe y no implica razonamiento”, explica la licenciada en psicología Esther Any Krieger, por si quedaba alguna duda.
Pero la especialista va más allá. “Para el inconsciente, este tipo de objetos actúa como sustituto materno… El sujeto siente que lo va a cuidar y proteger”, afirma, pero cuesta imaginar que Hugo Biolcati, Luis Barrionuevo y Ari Paluch satisfagan su necesidad de amor a través de una pulsera de silicona.

Sin embargo, mientras dure el verano, a pocos les importa el trasfondo psicológico de la cuestión. Todo sea por estar a la moda.